Para muchas personas, acostarse antes de las 9 de la noche no responde a una fatiga genuina del organismo, sino a la necesidad de eludir el silencio y la soledad que predominan durante las horas nocturnas. Es una práctica más común de lo que podría suponerse, y responde a motivaciones psicológicas profundas.
Un análisis sobre este fenómeno establece una distinción fundamental: no es lo mismo dormir porque el cuerpo lo necesita que dormir para evitar enfrentarse a la soledad. El primer caso constituye un proceso natural de recuperación; el segundo, un mecanismo de evasión. En la noche, particularmente en sus primeras horas, esa soledad puede resultar abrumadora para quienes no encuentran compañía ni actividades significativas.
Cuando alguien se duerme a las 8:30, está eligiendo, frecuentemente sin conciencia plena, una estrategia para que el tiempo transcurra sin experimentarlo. Es una forma de reducir al mínimo el período más árido del día. El sueño, en estos casos, opera menos como descanso y más como anestesia temporal contra el malestar de la desolación nocturna.
La propuesta que surge de esta reflexión es práctica y concreta: identificar actividades pequeñas que permitan recuperar esas horas. No se trata de una receta única ni de imponer un modelo de vida nocturna, sino de reconocer que existen alternativas a simplemente dormir.
Para quienes se identifiquen con este patrón, el primer paso es la conciencia. Una vez que se reconoce la diferencia entre necesidad de descanso y escape de la soledad, es posible tomar decisiones más deliberadas. Esas horas que hoy se pierden en sueño temprano podrían convertirse en espacios propios, en momentos de conexión con actividades que den sentido y contenido a la experiencia nocturna.
Imagen: Ron Lach / Pexels – Con informacion de Clarín





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